Amilibia: “Me lo he bebido todo, me lo he comido todo, me lo he follado todo y me lo he jugado todo”
10.04.06 @ 14:38:15. Archivado en Libros, Entrevistas
 No puedo negar que con Amilibia me hubiese gustado tomarme unos vinos o unos pacharanes mientras charlaba con él para esta entrevista. Sabía poco del personaje, pero por el golferío que su novela ‘El amigo de Jack Nicholson' contagiaba, me lo había imaginado posado sobre una barra, agotando un paquete de rubio americano, mirando el culo de la camarera peruana y moviendo los cubitos de hielo de su Jack Daniel's. Sólo eso podría esperar un peliculero de otro peliculero como Amilibia.
Me recibió en el portal de su casa en el Paseo de la florida. Mi gozo en un pozo. Amilibia tenía buen aspecto, estaba bien peinado, vestía de manera formal -chalequillo y camisa azul- y llevaba en su mano derecha una gran bolsa de basura verde llena de periódicos. “Hay que hacer limpieza, que se me amontona la prensa”. De camino al bar, me regaló su último libro (‘Atados a la columna') y me adelantó la penosa experiencia que había pasado con la editorial que lo había publicado.
Ya frente a dos cafés, se sacó un puro y lo encendió con seguridad, un gesto que me activó ese resorte interior que te dice que Amilibia es un tipo con mucha carretera, de los que desembucha, de los que no se andan con zarandajas.
Mi encuentro con Jesús María Amilibia (Parte I)
Descubrí tu novela gracias al programa de Dragó.
Fue raro ese programa, pero le agradezco la publicidad.
Dijiste que la idea para la novela arranca al descubrir una vieja foto, un brindis a la cámara con Jack Nicholson que tiene una gran importancia en el libro porque está presente, como un gran mural, en el Bar Nicholson, propiedad del protagonista.
La foto es el leit motiv. Es real, no es un fotomontaje. Me la encontré haciendo mudanza.
Se nota que piensas en imágenes. El libro es muy cinematográfico. ¿Por qué Jack Nicholson?
Yo había leído Soldados de Salamina, que me gustó mucho. Me dije: Coño, si Cercas ha hecho una novela partiendo de una anécdota, ¿por qué no lo voy a hacer yo a partir de una fotografía? Así de sencillo.
¿Cómo estructuras el libro?
Yo no estructuro mucho. Quizá sea malo, creo que es una deformación periodística. El periodismo es malo para la literatura aunque muchos digan lo contrario. Te entra la urgencia. La literatura tiene otro tempo, requiere serenidad. Yo voy escribiendo como si iniciase un reportaje. Lo que sí tengo antes es un borrador a mano, aunque tengo la novela más pensada que escrita en borrador. Le doy muchas oportunidades a la improvisación. Yo aprendí el periodismo como se aprende el sexo en este país: A mano. Aprendí periodismo haciendo calle, en las redacciones golfas, con los viejos maestros golfos.
Uno de los temas medulares la novela es ese periodismo canallesco, golfante y borracho que recuerda el personaje de Carlos Sancho con nostalgia y con cierta rabia al compararlo con el de las asépticas redacciones de hoy.
Las redacciones de antes eran salones de casa, era donde se vivía, el redactor jefe clásico con la botella de coñac en el cajón de su despacho existía. Se jugaba al poker, se hablaba de todo, era el gran circo.
Eres cínico con la profesión, pero a la vez la adoras. Lo que acabas de decir se parece a la redacción del Examiner en Primera Plana, de Billy Wilder.
 Soy muy duro con el oficio porque lo conozco a fondo. Lo odio y lo amo mucho. No creo en la magnificación del periodista, me jode bastante. El carácter heroico de seres especiales me revienta.
Hay pasión y a la vez ajuste de cuentas.
Es compatible, es freudiano. Como con los padres. Antes salíamos a la calle como las putas, a buscar un cliente. Buscábamos una historia y la encontrábamos. Hoy en las redacciones los periodistas ven la vida a través de la pantalla del ordenador, todo está en la red.
Una red llena de mentiras, por otra parte.
Claro. Antes íbamos a la calle y el oficio ha perdido realidad, buenas formas de narrar una historia. Nosotros en ‘Pueblo' no sabíamos qué era el Nuevo periodismo, ni quién era Tom Wolfe, ni la revista ‘Rolling Stone', pero ya estábamos haciendo algo de eso. Personalizábamos la crónica, convertíamos la crónica en un cuento corto, empleábamos el yo…
Los narradores diferentes, el salto en el punto de vista… En tu libro introduces a Amilibia como un personaje secundario frente a Sancho, tu alter ego inventado. Y te metes una paliza tremenda…
Me gustan los escritores que escriben contra si mismos como Celine, a pesar de ser un fascista. Kafka también, García Márquez en algún momento.
En esa autocrítica estás rozando la línea de la autodestrucción. ¿Eras consciente de ello al escribir sobre ti?
Di rienda suelta y cuando me cansé de hablar de mi mismo, cerré el capítulo.
Leo un fragmento que me fascina: “Cada noche queríamos escribir ‘A sangre fría' o ‘Trópico de cáncer', y luego todo quedaba en una entrevista a Paco Rabal contando las cicatrices de su cara. Creíamos que la libertad era publicar una foto de los estudiantes tirando piedras a los grises y otras de una tía en pelotas”.
En el Café Gijón, como digo en el libro, jugábamos al malditismo, estábamos muy llenos de un París que no conocíamos.
Yo veo a muchos de estos “malditos” que hoy son líderes de opinión como una engañifa.
 No sé si hicimos mal casi todo, probablemente sí. Yo por lo menos hice mal porque merecía haber sido subdirector de algo. Nunca he tenido un despacho. Sólo lo tuve con la revista de humor ‘Muy señor mío', que duró trece números. Quise reencontrar a los grandes de ‘Hermano lobo', hasta con su papel durito. He sido un desastre, profesionalmente no he hecho carrera… en el sentido de Juan Luis Cebrián. Me ha maravillado que entre los entrevistados de mi nuevo libro de charlas con columnistas actuales, casi todos tienen chalet y perro. Yo tengo una perra, no tengo chalet, vivo en un piso alquilado, no tengo propiedad alguna… Eso sí: Me lo he bebido todo, me lo he comido todo, me lo he follado todo y me lo he jugado todo. No sé si eso merece la pena. He estado mirando lo de la pensión y me toca la mínima.
En cambio, tu personaje en la novela, aun siendo un “perdedor”, sí tiene la vida resuelta.
Me gusta que alguien tenga la vida resuelta, aunque sea literariamente (risas). Yo no he hecho carrera porque nunca me ha gustado la guerra de despachos, el ascender, el poder… He vivido la calle, los cafés, la vida bohemia. No sé si para bien o para mal.
¿No estás seguro de eso?
Yo no estoy seguro de nada, querido.
Por mi edad, la primera vez que sé de ti es por Antena 3 Radio, en los ochenta.
Era un buen grupo de gente. Antonio Herrero, Pumares, Hermida, Butanito… Precisamente estuve comiendo con él el otro día.
José María García aparece en la novela. En el club de ligue de la calle Londres.
Ligaba con las llaves del coche, las ponía sobre el periódico abierto donde estaba su crónica con su foto.
¿Cómo está de salud?
Mejor. A ver si sale de esta.
Con otros compañeros no has tenido tanta suerte. Tu libro 'Atados a la columna' ha hecho que te hayas ganado unos cuantos enemigos.
Gente de la que no me esperaba esa reacción, además. José María Carrascal, Raúl del Pozo, José Luís Gutiérrez…
Gutiérrez te atacó en un editorial de su revista.
Hizo algo muy mezquino, que es relacionar el libro y mi profesión con lo que me ocurrió. Me parece vil, una bajeza miserable ( Amilibia se refiere a haber matado a tiros a una persona que atacó a su mujer, suceso que le llevó seis años a la cárcel ).
Tienes dos claros frentes abiertos en el libro. Uno es el de los compañeros y otro es el de las mujeres. ‘El amigo de Jack Nicholson' es de una misoginia muy valiente en los tiempos que corren. Políticamente muy incorrecto.
Hombre, que en esos tiempos hubiera muchas mujeres que lograran cosas a través de la mamada lo sabemos todos los del oficio. Y el que lo niegue es un cínico absoluto. Que luego además de mamadas había buenas periodistas, también. Si hubiese habido muchos directores y editores maricones quizá hubiese puesto yo el culo, pero no había opción. No había armarios. Si las lentejas peligran, uno puede hacer cualquier cosa, desde poner el culo a hacer telebasura. Cuando te das cuenta de que no es muy importante poner el culo, tu culo ya no lo quiere nadie. Hay que sobrevivir. Mi libro es sobre la necesidad del éxito. Sancho, mi personaje, lo necesita como justificación de una vida, quiere éxito para ser querido, que la gente lo idolatre, como una forma de vida.
Hay mucho de eso cuando en la novela tratas tu niñez, con ese niño que llora y se cree invisible porque no le hacen caso. Pero bueno, tú no te quejarás de fama, has sido muy conocido en este país…
Yo de joven fui “Popular de pueblo”.
¿Cómo?
Sí, era un premio importante, la gran fiesta del año. Y noté la popularidad muy pronto y lo asumí bien. Llegué a tener mucho poder, llegué a cobrar por la tele, la radio, por una doble página en ABC, por una entrevista en Semana, por una colaboración en la agencia Colpisa…
Pues estabas forrado.
Se ganaba dinerito, pero trabajando mucho. Mi filosofía era trabajar como un cabrón y disfrutar como un cabrón. Y no eran los dineros de ahora, porque en ese caso tendría un chalet. Tuve un gran poder cuando no había un gran dinero.
Ahora estamos en la Liga de Campeones en cuanto a figuras periodísticas. Y tú estás fuera de ella.
No me tocó. Zarra me contaba lo de las 2.000 o 4.000 pesetas que ganaba. Y mira a los jugadores de ahora.
Lo que más me divierte en estos casos es que las grandes figuras mediáticas nos dicen eso de que “el dinero no es lo más importante de la vida”, que “hay otros valores”.
Sí, me hace mucha gracia. Yo en mis entrevistas digo eso de “dígame eso tan bonito que el dinero no importa”. El dinero te da tranquilidad creativa, sosiego y libertad. La oportunidad de decir no.
De evitar el miedo.
Sí, poder ir a Estados Unidos, a la ruta 66 y escribir, hacer lo que te salga de la punta del capullo.
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