Ézaro Ediciones
"Reporter", La Razón, domingo 6 de junio

El Savoy, según Alvite
 
José Luis Alvite publica "Historias del Savoy" (Ed. Ézaro). Habla de los entresijos del Savoy, escenario creado hace cinco años y que sólo existe en la cabeza de este hombre grande, que trabaja en un banco, que fuma siete paquetes de Ducados al día y que apenas duerme cuatro horas

Alberto Fernández-Salido


El señor José Luis Alvite, que se fuma siete cajetillas de Ducados al día, ultimaba la tercera a la una de la tarde del jueves con la parsimonia con que se ejecutan los rituales. Una hora después ya había desenfundado la cuarta. Los paquetes vacíos iban quedando estrujados como guiñapos sobre la mesa de cafetería de hotel, y sus mensajes de muerte ("Fumar puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa", "Fumar puede dañar el esperma y reduce la fertilidad", "Fumar acorta la vida") vencidos una vez más por los labios del entrevistado, que además de humo no dejaron de disparar metáforas mientras duró el encuentro.
Es curioso. En lugar de dejar de fumar, esos mensajes contra el tabaco lo único que van a conseguir es que deje de leer.
En realidad, en eso consiste la vida de este hombre de provincias: fumar y dedicar la noche a tejer metáforas. El resto son detalles menores. Como lo de despachar en una ventanilla en la Caixa todas las mañanas desde hace 28 años, tramitando transferencias y poniendo sellos en papeles por triplicado.
Soy de los de infantería. Viene un cliente, me pide que le dé 20.000 de su cartilla y se las doy. No hay que pensar.
Lo del banco fue y es una necesidad, una excusa para llenar la nevera, porque el periodismo siempre estuvo mal pagado, como ahora. Se casó pronto y tuvo una hija, demasiados gastos para un reportero de sucesos en Santiago de Compostela, que no juntaba lo suficiente. Más tarde se volvió a casar y tuvo otros dos hijos, de manera que la banca ya se ha vuelto un hábito del que no puede prescindir.
Entrar a las ocho de la mañana tiene la ventaja de lo rutinario. Pones el piloto automático y esperas a que llegue la hora de salida. Te da cierto orden.
De su estancia en el banco no recuerda ni un instante de gloria, salvo el que está por venir: el día que le jubilen. Ni siquiera aquellas dos veces que le atracaron, cuchillo en mano. Una de ellas se llevaron tres millones de pesetas.
Fue algo más emocionante, pero no me puse nervioso. Podría decirse que colaboré.
Alvite lleva 30 años durmiendo entre tres y cuatro horas cada noche, de forma que ha conseguido a cambio de ojeras el milagro de que sus días resulten más largos que los de los demás. Bien podría decirse que ha vivido algunos cuantos lustros más de los que indica su DNI. El cuerpo se le ha habituado, cuenta, aunque haya muchas mañanas, tantas, en las que se le haga cuesta arriba eso de fichar a las ocho en punto. Porque Alvite trasnocha a diario, hasta que cierran los bares o se queda solo con el barman para completar el triángulo vital de su existencia: mañanas de banco, tardes de redacción para escribir sus columnas y noches para vivirlas con gin tonics, humo y metáforas anotadas en posavasos de cartón que guarda en la camisa.
La noche me gusta, pero me defrauda. Al final, siempre te quedas solo. Cuando me subo al coche para volver a casa suelo encontrarme delante al camión de la basura. Parece que espera por mí, y que la última basura soy yo.
El Savoy, ese territorio literario creado por Alvite para escapar de la mediocridad circundante, es un club nocturno a medio camino entre el cabaré y la casa de comidas abierta toda la madrugada. Tiene algo de music hall y algo de whiskería con poca luz y sin hora de cierre donde se juntan los vicios de prostitutas en horas bajas, boxeadores retirados en la ruina y reporteros que regresan de escribir con tinta roja el último crimen de la ciudad. Pero no hay un Savoy en Santiago de Compostela, su ciudad. El Savoy sólo existe en la cabeza de Alvite, y ése es el milagro literario que ejecuta en sus columnas: ha conseguido que sus lectores sepan a qué huele ahí dentro y hasta le pongan cara al resabiado Ernie Loquasto, a los labios mal pintados de Lorraine Webster y a los dientes amarillos de Chester Newman, el periodista del Clarion que lleva los trajes arrugados.
Alvite llamó al lugar donde ocurren sus metáforas Savoy, nombre rescatado de la película Marty, en la que sus protagonistas un carnicero y una maestra planean ir a bailar a un local llamado así en el Bronx neoyorquino, año 1955. El apellido Loquasto (de Ernie, el dueño del club) lo tomó prestado del diseñador de producción de Woody Allen, porque sonaba bien.
Me encanta Allen. Me apasiona el cine con humo, vicios y gente turbia. Colecciono películas. Tengo unas 3.000 en casa. Cowboy de medianoche, Taxi driver, Eva al desnudo...
En el Savoy de Alvite no van a parar viejos marineros ni peregrinos compostelanos, seres que le quedarían más a mano. No le interesan como paisaje literario y por eso prefirió fundarlo más lejos, a la otra orilla del Atlántico, y poblarlo con personajes de apellidos sonoros, seres descarriados en las cunetas del sueño americano. A Alvite le fascina Nueva York, ciudad en la que nunca ha estado y que no tiene ningún interés en conocer.
Porque seguro que me defraudaría. Sé que no existe la Nueva York que tengo en mi cabeza. Siempre es mejor estar en la víspera de las cosas (por ejemplo, el instante previo al primer beso de una mujer) o en su posteridad, que en la cosa en sí.
Ni conoce Nueva York, ni Estados Unidos, ni apenas ha salido de España. Todo le viene del cine negro, de unos cuantos libros, y de mucho jazz y algo de blues. Con todo, se alma del nueve largo se siente viajera, y eso que sólo ha estado unas cuantas veces en la cercana Portugal.
Soy un viajero de lo cotidiano. Me gusta conducir, por lo que tiene de tránsito. Cojo el coche y me pierdo por la carretera sin rumbo fijo. Echo a andar y calculo la gasolina para que me alcance a volver. Tengo debilidad por las gasolineras y los moteles de carretera, y trago mucho arcén: paro a fumar y subo el volumen de la música.
En el coche nunca fuma. La tarde anterior a la entrevista vino de un tirón desde Galicia, sin prender un cigarrillo, porque dice que si lo hiciera el coche cogería olor y la tapicería se le iría volviendo gris.
Tengo mis horas para los vicios. De día no bebo. Sólo por la noche, cuando salgo del periódico, en el bar. Entonces me puedo tomar una docena de gin tonics. Parecen muchos, pero el alcohol no me hace daño ni me cambia el carácter. No va a mi consciencia, aunque no sé qué pensará mi hígado. Creo que estoy preparado para el vicio. Peor me sentaría tomar la comunión.

Un tipo en minoría

Va mucho a Portugal porque le gusta sentirse extranjero en alguna parte. Saber que hablan otro idioma, que se acuestan más temprano, comprobar que se encuentra en minoría. Le gusta estar en minoría. Por eso se ha casado dos veces y no descarta una tercera. El matrimonio es una manera de vivir en minoría, sostiene.
La gente solitaria me gustó siempre: el que no tiene buzón, el que no se escribe con nadie. Yo soy solitario desde niño. Soy un bicho raro. Siempre ando solo porque así me puedo marchar de los sitios cuando quiero. Eso es el Savoy, lo que uno quisiera que fuera la vida, un lugar lleno de gente de paso, sin paradero, de solitarios que lo tienen crudo.
Los bares que frecuenta Alvite en Santiago nada tienen que ver con el Savoy. Y en sus noches no hay magia. Ahora frecuenta un bar, El corzo, al que va muy poca gente. A veces está él solo con el barman. Pone buena música, la que él le pide. Por lo demás, sucede poca cosa.
Todo lo que escribo sólo ocurre en mi cabeza. La vida es muy común, muy gris. Uno siempre espera de su contertulio que sea brillante, y luego no lo es. ¿Noches mágicas? Yo no las conozco.
Tampoco el periodismo de hoy se parece al que vive Chester Newman, el del Clarion, uno de esos tipos que primero olfatea la llave y luego busca la cerradura. Después de todo, quizá no sean tan contradictorias sus mañanas en el banco, en este tiempo en que la búsqueda de la asepsia ha contaminado de tal manera el ambiente de las redacciones que éstas ya pueden compararse a las sucursales del Citibank.
Ahora en las redacciones se respira bien, lo cual no es nada bueno. Hay mucho orden. Eso representa el estancamiento, lo previsible. Y un diario ha de ser todo menos previsible. Se perdió algo de extravagancia, se hizo más profesional. Quizá hoy la extravagancia haya que buscarla más en las filas del paro, en algunos garitos y en la pobreza.
Alvite escribió sucesos durante veinte años, siempre en su ciudad, en El Correo gallego y en La Voz de Galicia. Hizo amistad con algunos criminales, gente interesante, desesperada, tipos que improvisaban. Luego empezó a escribir columnas.
Hubo un tiempo en que no me dejaban que escribiera estas historias de la noche. Recogía algunas impresiones personales, pero sin un hilo común. Empecé a hablar del Savoy en el 99, en Diario 16. Antes no me lo permitían y hoy casi me veo obligado. Pero me gusta. Es como si me obligaran a fumar.
Ahora habla del Savoy en el programa de Carlos Herrera y escribe las últimas novedades del club de Ernie Loquasto en una columna diaria en LA RAZÓN, aunque en el último mes ha estado en el dique seco, apartado de la escritura por algo parecido a una depresión.
Escribir me ha metido en ella, y dormir poco lo ha agravado. Es la primera vez en mi vida que paro, y confieso que me aburrí. Ahora estoy mejor, y vuelvo. El lunes (mañana) estará mi columna en LA RAZÓN. Me lo pide el cuerpo. Escribir es mi forma de ser y de realizar mi sueño, porque sólo se cumplen los sueños que escribes. Los otros siempre se les cumplen a los demás. La escritura hasta me da placer. Me lo pide el cuerpo.
Escribe en la redacción, nunca en casa. A veces, acodado en la barra del bar, su posición natural, apuntala una metáfora como el naturalista clava una mariposa. Siempre al fondo de la barra, desde donde mira y no hace ruido. A mediodía del viernes pasado, con luz natural, ya conservaba dos hallazgos manuscritos en posavasos y guardados en el bolsillo de la camisa. Esto decía uno: "Era una mujer con los labios graduados". Y el otro: "El agua no flota". Había un tercero, pero era el número de teléfono de una mujer.
Seguro que lo pierdo. Muchas de estas anotaciones terminan en la lavadora.
Lee poco. Los periódicos, y alguna biografía. Para no contaminarse.
Es que hay gente muy pegadiza y no quiero que se me contagie el estilo de otro. Eso de los contagios es terrible, salvo que se trate de una gonorrea.
El Savoy nació por la convicción de su creador de que la gente necesita que le cuenten un mundo que a lo mejor es lo que esperaba de la vida. Además, de política escribe todo el mundo (en este país envenenado de política, que dice Umbral). Alvite cree que la gente necesita fantasía, aunque sea amarga.
Las ostras están muy ricas, pero se les pone limón y mejoran. Además, así se sabe si están vivas. En El Savoy, lo ácido de sus personajes te hacen saber que estás vivo.
Se reconoce triste, pero la suya no es una tristeza económica, sino vital. La de alguien que siente nostalgia de algo que no vio ni tuvo nunca, como esa Nueva York idealizada en blanco y negro, con coristas que piden guerra y una banda tocando al fondo para tapar el ruido de disparos.

La menta tuvo la culpa


En el escenario del Savoy, Alvite es el personaje que lo cuenta en la columna del día siguiente, como en una novela por entregas. En eso tiene algo de Chester Newman, el reportero de sucesos. Sólo de vez en cuando le mete el cuchillo a la actualidad, y entonces destripa con tres tajos las miserias del nacionalismo gallego o apuntala el último exabrupto de un político que ha vuelto a mentir.
El libro que acaba de publicar es el primero, y no le quita el sueño. En la editorial (Ézaro) han hecho un excelente trabajo de recopilación y orden de sus columnas para radio y prensa. Instalado en un punto indeterminado entre los 50 y los 60 años, Alvite dice que firmaría veinte más de vida, con permiso del tabaco. Desde el primer cigarrillo a los 17, un mentolado que se fumó solo, en la calle, y le sentó como un tiro, aprendió que no se trata de abandonar el vicio, sino de cambiar de marca. La culpa fue de la menta. A la muerte, le pide que le deje irse echando una mano en su entierro a los de la funeraria.
Me gustaría ser consciente, despertarme un instante antes para saber que voy a morir. Para cerrarle los ojos tú a tu propio cadáver. Y para no llegar tarde a tu entierro.

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